Kubrick versus Juego de Tronos
Kubrick versus Juego de Tronos

Kubrick versus Juego de Tronos

Los ensayos que han escrito Humberto Eco o Mario Vargas Llosa, desglosando la interrelación entre civilización, cultura y entretenimiento, son insuperables, pero arrastran una carga académica que los hace invisibles a las miradas enceguecidas de los necios. Por otra parte, el discurso filosófico histórico, desde Platón hasta Schopenhauer, está totalmente desconectado de los mecanismos de acción de la sociedad contemporánea, y rebotan en las cabezas obtusas, como bolas de billar enloquecidas y autónomas.

Entonces, ¿cómo teorizar sobre el apogeo de la bobería?

¿Qué punto de partida tendría el razonamiento que argumente el alto trono donde se ha empoderado la tontería en la civilización humana?

Razonar sería inútil. Las palabras fueron despojadas de todo compromiso. Las palabras que hacían eco en el auditórium del monasterio de Tordesillas, en tiempos del tratado homónimo que dividió al mundo conocido, no son las mismas de hoy. Si no lo creen, sitúen en este paralelo temporal las palabras “natural”, “caballero” y “honor”, por sólo citar tres ejemplos sencillos, para recrear un imaginario. Un clérigo, en el siglo XV, pensaría en un río, tal vez el Duero, rodeado de bosques, por cuya ribera, en lento galope, se acerca un noble señor, persona respetada por sus posesiones y prestigio, y que responde a esos atributos, logrados o heredados, con un código de conducta. Un estudiante de humanidades pensaría hoy en un grupo de amigos muy variopinto, que puede incluir desde veganos hasta consumidores de sustancias exóticas, desde exotéricos hasta budistas, todo incluido, todos frente a la internet, viendo un episodio de alguna serie reciente, donde un caballero porta una espada laser y galopa sobre un dragón. Los personajes llevan prendas de vestir mayas y cascos romanos, y su código de ética es una mezcla de Indiana Jones con Harry Potter.

Visto que el puente de las palabras de uso corriente es traicionero, podríamos apostar al arte. La literatura, el cine, el teatro. Qué maravilloso venero de cultura manando desde el incio de nuestra civilización. Qué maravilloso y que inútil. La humanidad se ahorraría un presupuesto impresionante si quemáramos todos los teatros y bibliotecas, y elimináramos toda esa carga de conocimiento. ¿Por qué?, muy simple. Extremadamente simple: porque a nadie le interesa. Ya sé que están pensando que este autor enloqueció, se le fue la olla. Pues no, les explico.

Lo que ocurre es que estamos involucionando. No, usted no leyó mal, estamos involucionando. Darwin no tenía forma de predecir el efecto de la tontería en la evolución de las especies, así como Marx no podía anticipar un político como Trump. Son cambios cualitativos degradantes en la espiral de la historia, puntos de quiebre. La involución es lenta, pero avanza con regularidad, y, lo más importante, no hay esperanza. No hacia el exterior. Nada desde fuera de nuestra cabeza nos puede obligar a estudiar, a leer, es absolutamente imposible que el imperio de la tontería permita semejante falla. Millones de personas en el planeta trabajan con todo empeño en perfeccionar, a límites nunca imaginados, una cultura de entretenimiento masivo. Es un tsunami global de tontería.

¿Será una inteligencia artificial quién controle a millones de seres humanos atontados y esclavos de un sistema de producción, o de expansión al cosmos?

Si algo de lo anterior le molesta, alégrese; significa que usted aún clasifica como un homo sapiens. Eso muy pronto será una rareza.

Ernesto Villanueva Morera

Editado por: Alex Fleites

La Habana. 20/junio/2021

ernesto@villanueva26256.com

www.villanueva26256.com

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